«Me siento mujer incluso cuando ni siquiera me siento gente, como en esos breves paréntesis de tiempo que son tierra de nadie: el tránsito entre el sueño y la conciencia. Apenas es un fogonazo, una brizna de suave enajenamiento. No sé quién soy y tampoco me lo pregunto porque la razón está ausente de mi cabeza. Sólo percibo sensaciones y me dejo mecer por ellas sin comprender que son únicamente eso: señales físicas acumuladas al borde del sueño. Noto una impresión amable en el cuerpo, como si acabara de acariciar el lomo peludo de un gato siamés, o como si hubiera estado largo rato al sol, abrigada por una luz dulce que me aproxima el sabor de la felicidad».

Carmen Rigalt, «La mujer que escondo».

 

He pensado tanto qué escribir en este post, que he terminado por copiarlo. 

 

Quería dar las gracias a todas las mujeres que han hecho que sea como soy. También a los hombres que me han ayudado a conseguirlo.

 

Quería hacer un agradecimiento de esos tan largos, que cuando menos te lo esperas te suben la música y te bajan el micro (perdón, creo que estoy haciendo una mezcla de los Goya y el extinto ‘59 segundos’: no me lo tengan en cuenta).

 

Quería abrazar alto y fuerte a las mujeres de mi vida. En especial a las que este último año han hecho de arnés para que sintiese que, en lugar de saltar sin red, volaba.

 

Al final, he ido al principio. A la mujer que quería ser.

 

En mi otra vida yo soñaba con ser una nueva Rigalt. Mi apellido, claro, no era tan sonoro («la Jiménez» tiene poco glamour). Ni mis letras tan agudas. Pero de Carmen aprendí que se puede tener principios sin obligarse a caer en finales y que las preguntas son más importantes que las respuestas (en realidad eso me lo dijo Carril, que me puso en su camino, pero luego me estudié a conciencia sus entrevistas y le cogí el gusto al género).

 

Carmen no es de las que se llama «escritora». Ella es periodista. Y lo lleva a gala. Aun así, escribe libros. Y todos los que ha publicado desde 1998 (año en que fue finalista del Planeta con Mi corazón que baila con espigas) los tengo dedicados.

 

Hoy he leído las dedicatorias y he descubierto que, con el tiempo, ha dejado de llamarme «Noelia» para escribirme «Noe». En una, en concreto, la confianza llega al punto de decirme «No».

 

Esta mañana me ha llamado «Pepa» y un escalofrío me ha recorrido el cuerpo.

 

En junio volveré a subir uno de sus títulos a mi estantería. Y en esta ocasión iré con ella en la solapa.

 

No es ésta. Pero quería compartirla porque aquí, en este montón de píxeles, late mi deseo antiguo de mirar el mundo como ella. 

 

Carmen, en aquella primera dedicatoria me quisiste contagiar tu «afición por los amores imposibles (que son los más posibles de todos)». Y, qué quieres que te diga, siempre ando encandilada no sé si de amores posibles o de causas perdidas. Pero ojalá que darle a la tecla de la luz no sea ni lo uno ni lo otro.

 

Queridas mujeres de mi vida: gracias por «saborear juntas nuestra independencia con las pequeñas cosas de la vida, que a veces son las más grandes» (Rigalt dixit).